¿De qué sirve vivir en una gran ciudad si para llegar al trabajo hay que salir de casa cuando todavía está oscuro y regresar cuando los hijos ya se durmieron más aún si se vive en las partes altas de la ciudad en alcaldías como Tlalpan, Milpa Alta o Xochimilco?
Esa pregunta debería estar en el centro de cualquier discusión sobre desarrollo urbano. Porque una ciudad no se mide solamente por sus edificios, avenidas o inversiones, sino por la calidad de vida que ofrece a quienes la habitan.
Este 31 de octubre, es el Día Mundial de las Ciudades, y vale la pena una reflexión, tenemos una oportunidad para hablar de un problema que millones de personas conocen demasiado bien: vivir cada vez más lejos de donde estudian, trabajan o reciben atención médica, y gastar buena parte de sus ingresos y de su tiempo en trasladarse.
Una familia puede encontrar una vivienda más económica en la periferia, pero pagar esa diferencia con cuatro horas diarias de transporte. Una madre puede rechazar un empleo porque no tiene manera segura de regresar a casa. Un adulto mayor puede tener una clínica cerca en el mapa, pero inaccesible en la práctica porque las banquetas están deterioradas o no existe una ruta adecuada.
Eso también es desigualdad. Y no se resuelve construyendo más carriles para automóviles.
Necesitamos ciudades donde la vivienda, el empleo, las escuelas, los hospitales y el transporte público se planeen como parte de una misma realidad. Donde caminar no implique sortear obstáculos y tomar un autobús no sea una prueba de resistencia.
Por eso, cuando hablamos de movilidad sustentable, no basta con cambiar autobuses viejos por unidades menos contaminantes. También hacen falta rutas que conecten mejor, paradas iluminadas, horarios confiables y tarifas que no castiguen a quienes menos tienen. Cada minuto que una persona recupera en su trayecto es tiempo para acompañar a sus hijos, estudiar, descansar o simplemente vivir. Y eso debe contar tanto como cualquier obra de infraestructura.
Desde la Cámara de Diputados he impulsado propuestas para que el costo del transporte público deje de ser una carga invisible para quienes trabajan y para fortalecer la coordinación de los sistemas de movilidad metropolitanos. Son pasos necesarios, aunque el desafío va mucho más allá de una sola reforma.
También debemos hablar de las familias desplazadas por el encarecimiento de la vivienda, de las personas con discapacidad que encuentran barreras a cada paso y de las mujeres que tienen que calcular no solo cuánto tardarán en llegar, sino qué tan seguro será el trayecto.
La ciudad sostenible no es únicamente la que contamina menos. Es aquella que permite vivir cerca de las oportunidades, moverse con dignidad y recuperar tiempo para la familia, el descanso y la comunidad.
En el Día Mundial de las Ciudades vale la pena plantearnos una meta sencilla, pero profundamente transformadora: que nadie tenga que sacrificar media vida en el camino para poder ganarse la vida.
Porque una ciudad que obliga a sus habitantes a vivir lejos, trasladarse durante horas y gastar cada vez más para llegar a su destino no está creciendo de manera justa. Está trasladando el costo de su desarrollo a las familias.









